Nanita,
Han pasado ya dieciocho meses desde que volaste al Cielo. Todos los días te recordamos, Mami y yo muchas veces hablamos de tí y recordamos anécdotas tuyas. Y nos alegramos, Nanita, al mismo tiempo que nos entristece pensar en tí y saber que no podemos conversar contigo. Me hace mucha falta la bendición que me dabas todos los días antes de salir de la casa, que me hacía sentirme segura y protegida. Pero sé que desde el Cielo nos miras y también pides a Dios por nosotras, como hacías todos los días desde tu habitación, con el rosario en la mano.
Nanita, un amigo muy querido ha fallecido esta semana, y quise dedicarte unas palabras que se leyeron el día de su funeral. Dichas palabras me hicieron recordarte mucho, pensar en tí y en Dios y en el amor que nos rodeó mientras estuviste con nosotras.
No llores si me amas.
¡Si conocieras el Don de Dios y lo que es el Cielo!
¡Si pudieras oír el cántico de los Ángeles
y verme en medio de ellos!
¡Si pudieras ver con tus ojos los horizontes,
los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!
¡Si pudieras, por un instante, contemplar como yo,
la belleza ante la cual los astros palidecen!
Créeme: cuando la muerte venga a romper tus ligaduras
como ha roto las mías y,
cuando un día que Dios ha fijado y conoce
tu alma venga a este cielo en que te he precedido,
ese día volverás a verme y encontrarás mi corazón que te amó
y te sigue amando, con todas las ternuras purificadas.
Volverás a verme
pero transfigurado y feliz de la Luz y de la Vida,
bebiendo a los pies de Dios
un néctar del cual nadie se saciará jamás.
Por eso, no llores si me amas.